Revista Veintitres
Rock & PO

25-06-2009 / El líder de Las Manos de Filippi compite por una banca en la Legislatura porteña por el partido de Altamira. Denuncia que la música se despolitizó. Ya recibió el apoyo de Andrés Calamaro y de otros colegas. Vida, militancia y obra de un músico callejero devenido en “trosko-star”.
Los músicos tienen que salir de la nube de pedo.” Así resume su plataforma de campaña Hernán “Cabra” de Vega, rocker antisistema, músico callejero, autor de canciones corrosivas y candidato a legislador porteño por el Partido Obrero (PO). Toda una rareza para el ámbito rockero local, que acostumbra mirar a la política desde la confortable distancia políticamente correcta del escenario. Y no bajar, salvo para reversionarle algún hit al candidato que pague los derechos de autor.
Por eso, ante la pregunta de rigor, la respuesta suele ser de cajón: “Yo, músico”. Para el Cabra, ese es justamente el problema: “La ‘desclasada’ que te pegan las compañías te hace creer que sos una estrella y no un trabajador. Eso es lo que permitió llevar adelante la privatización de la música: la despolitización del rockero”, dice De Vega, que va décimo en la lista que encabeza Marcelo Ramal.
En términos estrictamente musicales, el Cabra es el vocalista de Las Manos de Filippi, una combativa banda, under y bastante difícil de clasificar a pesar de sus 17 años de existencia, que en 2007 lanzó su quinto trabajo de estudio, Control Obrero: dos CD en un packaging que simula una bomba.
Alguien podría decir que La Manos hace canciones de protesta, aunque está lejos de ser un exponente tradicional de ese género. Sus temas, ácidos como una gota de limón en los ojos, echan mano sin dogmatismo a la cumbia, la zamba y el rock para hacer una crónica musical de los conflictos sociales, la lucha obrera y las grandes agachadas de la política argentina de la última década. Algunos de sus temas incluso fueron hits, aunque en la voz de artistas que resultaron más cómodos para el filtro de buen gusto de las grandes discográficas: el “Himno del cucumelo”, popularizado por el cuartetero Rodrigo, y el hartazgo cantado a los gritos de “Sr. Cobranza”, que la Bersuit Vergarabat grabó en medio de un litigio legal con Las Manos y que proponía que “Norma Plá a Cavallo lo tiene que matar”.
Como candidato, el Cabra sigue con esa misma línea, aunque entendiendo los formalismos del caso. “Con Las Manos podemos decir, por ejemplo, ‘hay que matar al presidente’. Ese espacio te lo da el arte, que te ampara. Con la política hay que ser más concreto e ir a lo puntual. Hay que explicar qué querés decir con que ‘hay que matar al presidente’. Es una lucha más seria”, reconoce el candidato.
También admite que, como décimo en la lista del PO, son pocas sus chances de entrar a la Legislatura. Sin embargo, ya recibió un apoyo estratégico vía Internet. Andrés Calamaro, como una suerte de Juan Domingo Perón en su exilio ibérico, saludó el paso adelante del Cabra desde su web oficial. “Es, a mi gusto, la auténtica ‘candidatura testimonial’ pero de la buena: testimonio de acción y conciencia, de querer despertar o despertarse, ‘una vuelta de tuerca para salir de la nube de pedos donde están los rockeros’”, dijo El Salmón en su post pro-Cabra.
“Que Calamaro haya tomado ese llamamiento a salir de la nube de pedo que nosotros denunciamos fue muy importante para todos los nuevos músicos que se quieren organizar. Eso destrabó mucho el miedo a pronunciarse, que está instalado”, opina De Vega, que lucha contra “la versión Pomelo del músico”, otro de los lastres de los ’90. Es que para el cantante, así como pasó con la mayoría de los espacios de la economía y la cultura argentinas, en los noventa la música se privatizó. “Lo que hicieron con la luz y con el gas, lo hicieron con el rock, es decir, entregarlo a los privados. Por un lado, a las grandes discográficas, y por el otro, a los ‘bolicheros’, que acapararon el mercado de las pequeñas bandas emergentes, a las que les cobran 600 pesos por tocar.” En paralelo, “los rockers compraron el ‘yo hago música, no política’. Eso –dice De Vega– viene junto a renunciar a la posibilidad de organizarte como trabajador”.
Como se ve, la militancia del vocalista en el PO viene de largo. Se inició en el ’89, cuando era músico callejero residente en calle Florida. Ahí lo descubrieron los cazatalentos del clásico partido trotskista criollo. En el ’92, cuando nacieron Las Manos, inició un impasse que terminó de golpe en 2004, cuando un boliche ardió en Once. “Después de Cromañón, comenzó mi militancia más activa. Ahora, esto de ser candidato es para mí otra vuelta de ‘troska’”, explica el Cabra sin perder el humor. Esa ironía –gruesa o fina, según las necesidades del caso– que también celebran dirigentes tan circunspectos como Jorge Altamira, Néstor Pitrola o Marcelo Ramal, los principales referentes del PO. “No te digo que Altamira hace pogo, pero escucha mis temas”, vuelve a la carga el cantante. El gusto y la influencia son mutuos, porque el músico se nutre de los largos discursos y los artículos de Altamira para componer sus temas más politizados.
Hoy, el Cabra y otros rockers “fuera de la nube” están reunidos en el MUR, Movimiento de Músicos Unidos por el Rock, desde donde se plantea la necesidad de que los artistas tengan espacios para debatir políticamente cómo recuperar el terreno perdido. “Con las bandas, sobre todo con las independientes y las nuevas, que eran las que más problemas tenían y tienen ahora para tocar y mostrar su arte, empezamos a ver lo necesario que era organizarse políticamente para reclamarle al Estado todo lo que entregó a la privatización”. Con estas premisas, el 19 de diciembre del 2005 en Plaza de Mayo, el MUR organizó un recital del que participaron casi cuarenta músicos, entre ellos algunos de la talla de La Renga, Los Gardelitos, Kapanga, El Otro Yo y Fidel Nadal.
“La experiencia que tenemos con las bandas grandes es que cuando fuimos a pedir colaboración para recitales, de todas recibimos adhesiones. Quizá no todas tengan una actitud militante, pero lo que nosotros denunciamos está entendido por la mayoría”, asegura el Cabra. Y agrega que las bandas que no los apoyan son las que hoy en día hacen las veces de “caballitos de batalla” de las compañías, por lo que su rechazo es obvio. “Esos hablan de huevadas, de la muerte del rock. La única realidad es que la muerte del rock es su privatización”, denuncia De Vega. Y reafirma, otra vez, el voto salmón de Calamaro.
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